La neurodiversidad nos recuerda que no existe un cerebro perfecto ni una única forma «correcta» de pensar, aprender o sentir. El cerebro humano se manifiesta en múltiples variantes —como el autismo, el TDAH o las altas capacidades— que no deben entenderse solo desde las dificultades, sino también desde el potencial.
Reconocer y respetar esta diversidad no es solo una cuestión científica, sino un compromiso social con la inclusión, la dignidad y el valor de cada persona.